JOSÉ DE ROCOO


¿Cuántos cielos tiene un edificio?

La fotografía, desde sus orígenes, ha sido una herramienta privilegiada para interrogar la

relación entre luz, tiempo y espacio. ¿En Cuántos cielos tiene un edificio?, esta relación se

vuelve espejo —literal y metafóricamente— a través de un edificio cuyas ventanas espejadas

capturan y reproducen el cielo en todas sus variaciones. Cada imagen revela una atmósfera

distinta: cielos calmos, tormentosos, crepusculares o diáfanos, que se reflejan como

fragmentos de un paisaje inasible y cambiante.

Sin dudas, esta serie habla de una devoción: en primer lugar, por la fotografía como práctica

sostenida en el tiempo, pero también —con el correr de los días y las tomas— por la

arquitectura de la ciudad y por una naturaleza que persiste, desplazada, apenas visible en las

grandes urbes. Esa devoción no aparece como exaltación sino como insistencia: volver una y

otra vez al mismo punto de vista, aceptar la repetición como método y confiar en que la

variación se revele en lo aparentemente idéntico.

La serie se inscribe en una tradición fotográfica que problematiza la percepción y la

representación de lo urbano, pero lo hace desde un gesto poético y contemplativo. El edificio,

concebido habitualmente como símbolo de estabilidad, contención y repetición, se convierte

aquí en superficie viva, en archivo involuntario de lo inconstante. Cada una de sus ventanas

actúa como una celda visual que multiplica el cielo y sus estados, como si el mismo edificio

contuviera, simultáneamente, múltiples climas, múltiples tiempos.

El punto de vista fijo desde el que se toma cada imagen refuerza esta idea de variación sobre

estructura: lo que cambia no es el encuadre sino la luz, el clima, la hora, el día. En ese gesto

reiterado hay también una forma de devoción: una atención prolongada que roza lo ritual,

donde mirar se vuelve una práctica de observación paciente, casi meditativa.

De este modo, la serie alude también al tiempo fotográfico —ese tiempo suspendido,

contemplativo— y a la memoria atmosférica de un lugar. ¿Cuántos cielos puede contener una

fachada? ¿Qué registro emocional, simbólico o meteorológico deja el paso del tiempo en

una arquitectura que se vuelve superficie sensible?

Cuántos cielos tiene un edificio invita a mirar no sólo el cielo —que siempre está ahí, pero rara

vez se observa con atención— sino también a repensar la función de la fotografía como medio

para revelar lo invisible: no lo oculto, sino lo inadvertido. En esa revelación, quizás, se juegue

también una forma de fe laica: la creencia en que mirar, una y otra vez, todavía puede devolver

sentido a lo cotidiano